CLEMENCIA


Todo el mundo comete errores. Ser clemente es perdonar las equivocaciones del prójimo y amarlo tanto como antes. Perdonar no significa que no te sientas herido o que el otro haya actuado bien. Significa que eres capaz de dar otra oportunidad a esa persona.

Significa que, pese al error que hayan cometido o lo mucho que te hayan hecho sufrir, puedes pasar por alto lo hecho y que no guardaras rencor. Ser clemente significa que no castigas a una persona por lo que ha hecho, aunque lo merezca.

También puedes ser clemente contigo mismo. A veces haces cosas de las que te arrepientes. Ser clemente contigo mismo es dejar de castigarte o de creer que no tienes remedio, sólo porque hiciste algo malo. Es mirar hacia adelante, decidido a hacer las cosas de otro modo, sintiendo compasión por ti y fe en tu capacidad de cambiar.

El Creador nos dio la facultad del libre albedrío. Esto significa que somos nosotros quienes escogemos entre el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto. Por muchísimos motivos, a veces alguien decide hacer cosas malas o perjudiciales. Todo el mundo lo hace de tanto en tanto.

A veces se trata de una nimiedad, como no cumplir con algo que prometimos. A veces es algo serio, como mentir o tomar algo que no nos pertenece. Cuando aquél que hemos herido o decepcionado nos perdona, obtenemos otra oportunidad. Podemos intentar nuevamente hacer lo que es debido.

La clemencia es muy importante. Si haces algo de lo que te arrepientes y te perdonas, eso te permite aprender de tus errores. Los que no son clementes consigo mismos a menudo tienen también dificultades para perdonar a los demás.

Cuando alguien no es clemente, quienes están con él se sienten inquietos. Los que no practican la clemencia juzgan y critican al prójimo en lugar de darle la posibilidad de mejorar.

La clemencia es la mejor manera de impulsarnos a ser mejores, esforzarnos más y hacer cambios.

Para practicar la clemencia, debes comenzar por admitir el error cometido por ti o por otro. Hace falta valentía para enfrentarse a la verdad de lo ocurrido. Puedes sentirte triste y enfadado. Deja que tus sentimientos afloren y luego déjalos pasar, como si fueran hojas flotando en el agua de un arroyo.

Cuando eres clemente no castigas a alguien vengándote o guardando rencores. No te castigas a ti mismo aplicándote palabras insultantes.

Analiza lo que sucedió, respeta tus sentimientos, piensa y luego decide qué debes cambiar para arreglar las cosas. Dios está siempre dispuesto a perdonar nuestros errores cuando nos arrepentimos con sinceridad. Tú también puedes.

Los errores más difíciles de perdonarte a ti mismo son los que repites una y otra vez, las malas costumbres que crees no poder cambiar. Para ser clemente con uno mismo hace falta acción; lo mejor es reemplazar las viejas costumbres por otras distintas. Si otra persona hace algo que te perjudica una y otra vez, sin arrepentirse, perdonarla no servirá de nada. Es necesario que no sigas dándole la oportunidad de perjudicarte.

Cuando cometas un error, pídele al Creador que te bendiga y te dé valor para cambiar. La clemencia te permite aprender de los errores. A veces, éstos son tus mejores maestros.


“Para aquéllos que yerran por ignorancia, pero luego se arrepienten y se corrigen, tu Señor tiene, sin duda, bondad y clemencia.”

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