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EL PAN DE VIDA

El pan es primordial. Si los pobre no tienen nada, tiene pan. Si los ricos lo tienen todo, incluso tienen pan. El pan no es una comida regional ni un plato nacional. Ningún país puede pretender ser la fuente exclusiva del pan. El pan se encuentra en todas partes y puede venir de diferentes formas.

Así es Cristo. Las fronteras no le limitan. Ningún país pretende ser su dueño. Ninguna región lo considera suyo. Ninguna nación lo monopoliza. Está en todas partes al mismo tiempo. Está disponible universalmente.

El pan se come todos los días. A Jesús debemos de traerlo a la mesa todos los días. Nutre nuestros corazones no sólo durante ciertos meses o en ocasiones especiales, sino todos los días.

El Pan se sirve de formas diferentes. Satisface varias necesidades. Así es Jesús. Se adapta para satisfacer nuestras necesidades. Tiene palabra tanto para el solitario como para el popular. Ayuda al enfermo, físicamente como al enfermo emocional. Si tu visión es clara, Él te puede ayudar. Si es borrosa, Él te puede ayudar. Jesús puede satisfacer cualquier necesidad.

Jesús experimentó cada parte del proceso de la elaboración del pan: creció, lo molieron, pasó por el fuego. Y así como cada paso es necesario para el pan, también lo fue para que Cristo llegara a ser el Pan de Vida. “¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?”.

El siguiente paso en este proceso es la distribución. Cristo lo dejó a nosotros. Somos los distribuidores. No podemos forzar a la gente a comer el pan, pero sí podemos asegurarnos de que lo tengan. Sin embargo, por alguna razón, somos reacios a hacerlo. Es mucho más fácil quedarse en la panadería que subirse al camión de reparto.

“Un mendigo vino y se sentó ante mí.

– Quiero pan – me dijo.

– Eres un hombre sabio – le respondí-. Pan es lo que necesitas. Y has venido a la panadería correcta.

Entonces saqué de la gaveta mi libro de cocina y empecé a decirle todo lo que sabía acerca del pan.

Le hablé de la harina y del trigo, del grano y de la cebada. Mis conocimientos impresionaron, incluso a mí, al citar medidas y recetas. Cuando lo miré, me extrañó no verle sonreír.

– Sólo quiero pan – dijo.

– Era sabio –alabé su decisión -. Sígueme y te mostraré nuestra panadería.

Lo guíe por los pasillos, deteniéndome en la sala donde se preparaba la masa y los hornos donde el pan se cocía.

– Nadie tiene una instalación como esta. Tenemos pan para cada necesidad. Pero aquí está el mejor lugar. Este es nuestro cuarto de inspiración.

Me di cuenta que se había emocionado cuando entramos al auditorio con sus hermosos vitrales.

El mendigo no habló ni una palabra. Comprendí su silencio. Puse mi brazo alrededor de sus hombros y le susurré:

– A mí también me conmueve.

Subí entonces a la plataforma y adopté mi pose favorita tras el púlpito.

– La gente viene desde muy lejos a escucharme. Mis trabajadores se reúnen una vez a la semana y yo les leo la receta del libro de cocina de la vida.

El mendigo se había sentado en la primera fila. Sabía lo que quería.

– ¿Quieres escucharme, verdad?

– No –me dijo-. Sólo quisiera un poco de pan.

– Qué sabio eres – le respondí-.

Al mismo tiempo lo guiaba hasta la puerta de entrada a la panadería.

– Lo que tengo que decirte ahora es muy importante –le dije, mientras permanecíamos de pie-. A lo largo de esta calle vas a encontrar varias panaderías. Pero cuidado, no ofrecen el verdadero pan. Sé de una panadería donde en lugar de sólo una, ponen dos cucharaditas de sal. Y en otra, el horno está tres grados caliente. Puedes llamarlo pan, pero no está de acuerdo con este libro.

El mendigo se volvió y empezó a alejarse.

– ¿No quieres pan? – le pregunté

Se detuvo, se volvió a mirarme y, encogiéndose de hombros, me dijo:

– Creo que perdí el apetito.

Volví a mi oficina, moviendo la cabeza.

-¡Qué pena! ¡Ya el mundo no tiene hambre del verdadero pan!

No sé qué es más increíble: que Dios empaque el pan de vida en la envoltura de un carpintero de pueblo, o que nos haya dado las llaves del camión de reparto. Ambas cosas parecen tener sus riesgos. Sin embargo, el carpintero hizo su parte. Y quién sabe. Nosotros podemos llegar a aprender a hacer la nuestra”.

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