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EN EL YUNQUE

Con brazo firme y cubierto con su mandil, el herrero pone sus tenazas en el fuego, sujeta el metal caliente y lo coloca sobre el yunque. Con aguda mirada estudia la resplandeciente pieza. La ve como es ahora y piensa cómo le gustaría que sea… más filosa, más chata, más ancha, más larga. Teniendo en su mente la precisa figura, comienza a golpearla. Con la mano izquierda sujeta la pieza caliente con las tenazas y con la derecha da golpes con la almádena de dos libras sobre el metal moldeable.

En el duro yunque, el dúctil hierro es modelado. El herrero sabe la clase de instrumento que quiere. Sabe la medida. Sabe cuán preciso lo desea. Sabe con qué fuerza lo necesita.

¡Plang! ¡Plang! Golpea el martillo. En la herrería se escucha el ruido, el aire se llena de humo mientras el suave metal responde.

Pero esa respuesta no surge fácilmente, no viene sin cierta disconformidad. Deshacer el viejo y darle forma al nuevo es un arduo proceso. Mientras el metal está en el yunque, es posible para el fabricante de herramientas quitar los rebordes, arreglar las resquebrajaduras, rellenar las grietas y limpiar las impurezas.

A su tiempo, ocurren los cambios: lo romo se hace filoso, lo torcido se endereza, lo flojo se endurece y lo inservible cobra valor.

Entonces el herrero cesa. Deja de dar golpes y pone el martillo a un lado. Con su brazo izquierdo levanta la nueva pieza de metal sujeta con las tenazas hasta la altura de sus ojos. En la silenciosa quietud, examina la humeante herramienta. Da vuelta la incandescente pieza mirando cuidadosamente si le quedó alguna rebaba o rajadura. No hay ninguna.

Ahora el herrero comienza la etapa final de su trabajo. Coloca el instrumento en un balde de agua. El metal comienza inmediatamente a endurecerse produciendo un silbante vapor. El calor del metal calienta el agua fría y el flexible y suave mineral se convierte en una inquebrantable útil herramienta.

“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”. (1 Pedro 1:6,7)

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