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EN LOS CÁLIDOS Y AMOROSOS BRAZOS DE DIOS

Si tú eres de aquellas personas a quienes hay que recordarles lo frágiles que son los seres humanos, tengo una escena para recordártelo. La próxima vez que pienses que la gente ha llegado a ser demasiado estoica y autosuficiente, me gustaría llevarte a visitar un lugar.

Si te preocupas porque te parece que los corazones son demasiado duros y que las lágrimas fluyen solo de vez en cuando, entonces déjame llevarte a un lugar donde las rodillas de los hombres se doblan y las lágrimas de las mujeres corren a raudales. Déjame llevarte a una escuela para que observes a los padres dejando a sus hijos en el aula el primer día de clases.

Es una escena traumática. No nos gusta decir adiós a los seres queridos. Pero lo que se vive en las escuelas al comienzo de cada año escolar es una merienda comparado con lo que se experimenta en un cementerio. Una cosa es dejar a un ser querido en un ambiente familiar, pero otra bien distinta es despedirlos porque se van a un mundo que no conocemos y que no podemos describir. Aunque tratemos de evitarlo y no nos guste hablar de ello, la muerte es una parte muy real de la vida.

¿Recuerdas la primera vez que la muerte te forzó a decir adiós? La mayoría de nosotros lo recordamos. ¿Qué pasa con los que ya han muerto?, ¿qué ocurre con los cristianos entre su muerte y el regreso de Cristo?

Aparentemente, la iglesia en Tesalónica hacía tales preguntas. Por eso Pablo les dice: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tes. 4:13).

Muchos de nosotros hemos sepultado a seres queridos. Y así como Dios les habló a los de Tesalónica te habla a ti. Si este año te toca celebrar tu aniversario de bodas solo, El te habla. Si tu hijo se fue al cielo antes de ir al jardín infantil, El te habla. Si pierdes a un ser querido en un accidente, si aprendiste más de lo que habrías querido sobre alguna enfermedad, si tus años quedaron sepultados mientras se depositaba el ataúd en la tierra, Dios te habla.

El nos habla a todos los que nos hemos parado o tengamos que pararnos sobre el suave polvo cerca de una tumba abierta. Y a nosotros nos dice esta palabra de confianza. “Quiero que sepas lo que ocurre a un cristiano cuando muere, de tal manera que cuando tal cosa sucede, ustedes no se llenen de congoja como aquellos que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y volvió de nuevo a la vida, también podemos creer que cuando Jesús retorne, Dios traerá con El a todos los cristiano que han muerto” (1 Tes. 4:13,14). Veremos de nuevo a nuestros seres queridos.

No nos gusta decir adiós a nuestros seres queridos. No está mal que lloremos, pero no necesitamos desesperarnos. Ellos sufrieron aquí. Allá no hay dolor. Ellos tuvieron problemas aquí. Allá no hay problemas. Tú y yo podríamos preguntar a Dios por qué se los lleva. Pero ellos no. Ellos lo entienden. Ellos están, en este mismo momento, en paz en la presencia de Dios.

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