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EN LOS CÁLIDOS Y AMOROSOS BRAZOS DE DIOS

Si tú eres de aquellas personas a quienes hay que recordarles lo frágiles que son los seres humanos, tengo una escena para recordártelo. La próxima vez que pienses que la gente ha llegado a ser demasiado estoica y autosuficiente, me gustaría llevarte a visitar un lugar. Si te preocupas porque te parece que los corazones son demasiado duros y que las lágrimas fluyen solo de vez en cuando, entonces déjame llevarte a un lugar donde las rodillas de los hombres se doblan y las lágrimas de las mujeres corren a raudales. Déjame llevarte a una escuela para que observes a los padres dejando a sus hijos en el aula el primer día de clases.

Es una escena traumática. Mucho después que la campana de la escuela ha sonado y las clases han comenzado, los adultos se demoran por ahí formando grupos y apoyándose mutuamente con palabras de aliento. Aun cuando saben que la escuela es buena, que la educación es de buen nivel, y que volverán a ver a sus hijos dentro de cuatro breves horas, se resisten a decirles adiós.

No nos gusta decir adiós a los seres queridos. Pero lo que se vive en las escuelas al comienzo de cada año escolar es una merienda comparado con lo que se experimenta en un cementerio. Una cosa es dejar a un ser querido en un ambiente familiar, pero otra bien distinta es despedirlos porque se van a un mundo que no conocemos y que no podemos describir.

No nos gusta decir adiós a nuestros seres queridos, pero tenemos que hacerlo. Aunque tratemos de evitarlo y no nos guste hablar de ello, la muerte es una parte muy real de la vida. En algún momento cada uno de nosotros debe soltar la mano de alguien a quien ama para dejar que la tome alguien a quien no vemos.

¿Recuerdas la primera vez que la muerte te forzó a decir adiós? La mayoría de nosotros lo recordamos. Un día cuando yo estaba en el tercer grado, regresé de la escuela y me sorprendió ver el camión de mi padre estacionado frente a la casa. Lo encontré afeitándose en el baño. “Murió tu tío Carlos”, me dijo. Su anuncio me entristeció. Quería a mi tío. No lo conocía muy bien, pero lo quería.

¿Qué pasa con los que ya han muerto?, ¿qué ocurre con los cristianos entre su muerte y el regreso de Cristo?

Aparentemente, la iglesia en Tesalónica hacía tales preguntas. Por eso Pablo les dice: “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tes. 4:13).

La iglesia de Tesalónica había sepultado a algunos de sus hermanos amados. Y Pablo quería que los miembros que quedaran vivieran en paz a pesar de los que se habían ido adelante. Muchos de ustedes también han sepultado a seres queridos. Y así como Dios les habló a los de Tesalónica te habla a ti.

Si este año te toca celebrar tu aniversario de bodas solo, El te habla. Si tu hijo se fue al cielo antes de ir al jardín infantil, El te habla. Si pierdes a un ser querido en un accidente, si aprendiste más de lo que habrías querido sobre alguna enfermedad, si tus años quedaron sepultados mientras se depositaba el ataúd en la tierra, Dios te habla.

El nos habla a todos los que nos hemos parado o tengamos que pararnos sobre el suave polvo cerca de una tumba abierta. Y a nosotros nos dice esta palabra de confianza. “Quiero que sepas lo que ocurre a un cristiano cuando muere, de tal manera que cuando tal cosa sucede, ustedes no se llenen de congoja como aquellos que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y volvió de nuevo a la vida, también podemos creer que cuando Jesús retorne, Dios traerá con El a todos los cristiano que han muerto” (1 Tas. 4:13,14). Veremos de nuevo a nuestros seres queridos.

Así como los padres necesitan saber que sus hijos están seguros en la escuela, nosotros deseamos saber que nuestros amados están seguros en la muerte. Deseamos tener la confianza que el alma va inmediatamente para estar con Dios. ¿Pero nos atrevemos a creerlo? ¿Podemos creerlo? Según la Biblia, sí podemos. Ella no alza la voz, sencillamente susurra. Pero en la confluencia de estos susurros, se oye una voz firme. Esta voz de autoridad nos asegura que, al morir, el cristiano entra inmediatamente en la presencia de Dios y disfruta conscientemente del compañerismo con el Padre y con aquellos que han partido antes.

¿De dónde saco tales ideas? Escucha uno de estos susurros: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Más si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:21-23). Lo que Pablo está diciendo aquí es que en el momento en que él parte o muere, en ese mismo momento está con Cristo.

¿No es está, precisamente, la promesa que Jesús hizo al ladrón en la cruz? Antes, el ladrón había reprendido a Jesús. Ahora se arrepiente y pide misericordia. “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Luc. 23:42). Probablemente el ladrón está orando para que se le recuerde en algún tiempo distante en el futuro cuando el reino venga. No esperaba una respuesta inmediata. Pero la recibe: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). El mensaje primario de este pasaje es la gracia ilimitada y sorprendente de Dios. El alma del creyente va a donde está el Señor, mientras que el cuerpo aguarda la resurrección.

No nos gusta decir adiós a nuestros seres queridos. No está mal que lloremos, pero no necesitamos desesperarnos. Ellos sufrieron aquí. Allá no hay dolor. Ellos tuvieron problemas aquí. Allá no hay problemas. Tú y yo podríamos preguntar a Dios por qué se los lleva. Pero ellos no. Ellos lo entienden. Ellos están, en este mismo momento, en paz en la presencia de Dios.


“EN LUGARES DE DELICADOS PASTOS ME HARÁ DESCANSAR;

JUNTO AGUAS DE REPOSO ME PASTOREARÁ”

SALMOS 23:2

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