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PERMISO PARA LLORAR

Sólo en el círculo de luz de la mesa del comedor, rodeado por una casa oscura, estaba sentado, llorando. Por fin había logrado acostar a los dos chicos. Padre único desde hacía relativamente poco, tenía que ser a la vez mamá y papá de mis dos hijos. Los había bañado a ambos, en medio de chillidos de alegría, corridas locas, risas y cosas que volaban por el aire. Más o menos calmados, se habían metido en la cama mientras les daba a cada uno los cinco minutos de caricias en la espalda.

Como hombre recientemente viudo estaba decidido a brindarles una vida familiar lo más normal y estable posible. Ponía cara de alegría para ellos. Mantenía sus actividades lo más parecida posible a como habían sido antes. Ese ritual nocturno era el de siempre, a excepción de que ahora faltaba su madre. Bueno, lo había hecho de nuevo: otra noche que terminaba sin problemas.

Cuando llegué a la mesa del comedor, me derrumbé en l silla, consciente de que era la primera vez desde que había vuelto a casa del trabajo que podía sentarme. Había cocinado y servido y alentado a dos chicos a que comieran. Había lavado los platos mientras respondía a sus muchos pedidos de atención. El baño, los cuentos, las caricias, ahora, por fin, un breve instante para mí. El silencio era un alivio, por el momento.

Entonces todo se amontonó: el cansancio, el peso de la responsabilidad, la preocupación por las cuentas que no estaba seguro de poder pagar ese mes. Los infinitos detalles de llevar adelante una casa. Sólo poco tiempo antes, había estado casado y tenía una compañera con quien compartir las tareas, las cuentas, las preocupaciones.

Me sentía como si estuviera en el fondo de una gran mar de soledad. Todo se me juntó y estaba a la vez perdido y abrumado. Inesperadamente, me sobrevinieron sollozos convulsivos. Me quedé allí, llorando en silencio.

En ese momento, un par de bracitos me rodearon la cintura y una carita me miró. Miré el rostro comprensivo de mi pequeño de cinco años. Me avergoncé que mi hijo me viera llorar.

Lo lamento, no sabía que estabas despierto todavía.

No quería llorar. Lo lamento. Sólo estoy un poco triste esta noche.

Está bien, papí. Está bien llorar, sólo eres una persona. Tú también tienes permiso para llorar.

No puedo expresar lo feliz que eso me hizo, ese niño que, con la sabiduría de la inocencia, me dio permiso para llorar. Parecía estar diciéndome que no tenía que ser fuerte todo el tiempo, que de vez en cuando podía permitir sentirme débil y dejar salir mis sentimientos.

Se subió a mis piernas nos abrazamos, charlamos un ratico y lo volví a llevar a su cama y lo arropé. En cierto modo, eso también permitió que me durmiera esa noche.

¡Gracias, hijo mío!

Gracias por darme permiso para llorar.

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