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Por más tiempo que la Eternidad

Mamá: ¿Por qué amas a tu bebé recién nacido? es una pregunta tonta, pero discúlpeme. ¿Por qué? Durante meses este bebé te ha causado dolor. Te ha llenado de granos y te hecho caminar como un pato. A causa de ese bebé has suspirado por unas sardinas y galletas y has vomitado por las mañanas. Sientes punzadas en el vientre. Ocupa espacio que no era suyo y come alimento que no provee.

Lo conservas caliente. Lo mantienes seguro. Lo alimentas. Pero ¿te dio alguna vez las gracias? ¡No bien sale del vientre empieza a llorar! El cuarto es demasiado frío, la frazada demasiado áspera, la niñera demasiado desconsiderada. ¿Y quién quiere a su lado? A Mamá.

¿Alguna vez te has tomado un descanso? O sea, ¿quién ha venido haciendo el trabajo en los últimos nueve meses? ¿Por qué no se hace cargo papá? Pero, papá no. El bebé quiere a mamá. Ni siquiera le dice que ya viene. Simplemente llegó. ¡Y qué llegada! Te convirtió en una salvaje. Tú gritabas. Renegabas. Masticabas balas y rompías las sábanas. Y ahora, mírate. Dolor en la espalda. La cabeza te martilla. Tu cuerpo está empapado de sudor. Cada musculo tirante y tenso.

Deberías estar furiosa, ¿pero lo están?

Lejos de eso. En tu rostro hay una expresión de más por más tiempo que la eternidad. El bebé no ha hecho nada por ti, pero lo amas. Te ha causado dolor en el cuerpo y náuseas cada mañana, pero aun así lo adoras. Su rostro está contraído y su vista empañada, pero aun así puedes hablar de lo bien que se ve y de su brillante futuro. Te va a despertar cada noche durante las siguientes seis semanas, pero eso no importa. Lo puedo ver en tu rostro. Estás loca con tu bebé.

¿Por qué? ¿Por qué una madre ama a su bebé recién nacido? ¿Por qué es su bebé? Por más que eso. Porque el bebé es ella. Su sangre. Su carne, sus tendones y su espina dorsal. Su esperanza. Su legado. No importa que un recién nacido sea indefenso, débil. Ella sabe que los bebés no piden venir a este mundo.

Y Dios sabe que tampoco nosotros le pedimos. Somos su idea. Somos El. Su rostro. Sus ojos. Sus manos. Su toque. Somos El. Mira profundamente en el rostro de cada ser humano sobre la tierra y verás su parecido. Aunque algunos parecen ser parientes lejanos, no lo son. Dios no tiene primos, sólo hijos.

Somos, increíblemente, el cuerpo de Cristo. Y aunque no actuemos como nuestro padre, no hay verdad más grande que esta: somos suyos. Inalterablemente. El nos ama. Para siempre. Nada nos puede separa del amor de Cristo. Si Dios no hubiera dicho esas palabras, sería un tonto en escribirlas. Pero como ya las dijo, sería un tonto al no creerlas. Nada nos puede separar del amor de Cristo… pero cuán difícil es para algunas personas aceptar esta verdad.

A lo mejor piensas que has cometido un acto que te pone fuera de su amor. Una deslealtad. Una traición. Una promesa no cumplida. Piensas que Él te amaría más si no hubieras hecho más ¿verdad? Piensa que si fueras mejor, su amor sería más profundo, ¿verdad?

Error. Error. Error.

El amor de Dios no es humano. Su amor no es normal. Su amor ve tu pecado y a pesar de eso te ama. ¿Aprueba los errores que cometes? No. ¿Necesitas arrepentirte? Sí. Pero, ¿te arrepientes por su bien o por el tuyo? El tuyo. Su ego no necesita disculparse. Su amor no necesita reforzarse.

Y El no podría amarte más de lo que te ama ahora.

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